¡La tranquilidad también se construye antes de necesitarla!
Hay cosas en la vida que solemos valorar realmente hasta que las necesitamos.
Un paraguas cuando comienza a llover.
Un médico cuando nos sentimos mal.
Un ahorro cuando aparece un gasto inesperado.
Y con los seguros sucede algo parecido.
Mientras todo marcha bien, es fácil pensar: “Después lo reviso”, “a mí nunca me ha pasado nada” o “por ahora no lo necesito”.
Pero la tranquilidad tiene una característica muy particular: es mucho más fácil construirla antes de que llegue el problema.
Imaginemos algo sencillo. Una familia sale de vacaciones. Antes de cerrar la puerta revisan que las ventanas estén cerradas, desconectan algunos aparatos y quizá le piden a un vecino que esté pendiente de la casa.
Probablemente no sucederá nada. Pero ¿qué pasaría si durante su ausencia una lluvia extraordinaria provoca una inundación, ocurre un cortocircuito que causa un incendio o alguien entra a robar?
En ese momento ya no podemos regresar en el tiempo para contratar un seguro.
Y ahí está precisamente la esencia de asegurar: no se trata de vivir pensando que algo malo va a suceder; se trata de vivir tranquilos sabiendo que, si sucede, estaremos mejor preparados.
Lo mismo ocurre con nuestra salud. Cuando estamos sanos quizá nos parece innecesario pensar en hospitales, cirugías o tratamientos costosos. Sin embargo, es justamente cuando estamos bien cuando tenemos la oportunidad de protegernos para el futuro.
También sucede con el seguro de vida. Nadie contrata uno porque espere utilizarlo mañana. Lo hacemos porque existen personas que dependen de nosotros y queremos que, pase lo que pase, tengan respaldo económico.
Incluso con nuestro automóvil ocurre algo curioso: podemos manejar durante años sin tener un accidente importante y llegar a pensar que hemos pagado un seguro “para nada”.
Yo lo veo de otra manera. Durante todos esos años compramos algo que también tiene valor: tranquilidad.
Los seguros no evitan los accidentes, las enfermedades, los incendios ni los imprevistos. Lo que pueden evitar es que muchos de esos acontecimientos se conviertan, además, en un problema económico capaz de afectar el patrimonio que nos tomó años construir.
Por eso, más que preguntarnos:
“¿Qué probabilidad hay de que me suceda?”
Quizá convendría cambiar el sentido de la pregunta:
“Si sucediera, ¿estoy preparado para enfrentarlo?”
Esa pregunta cambia completamente nuestra perspectiva.
Y aquí viene una pequeña invitación. Esta semana dedica diez minutos a revisar tus seguros: vida, gastos médicos, automóvil y hogar. Pregúntate si las coberturas que contrataste hace algunos años siguen correspondiendo a tu realidad actual.
Tal vez cambió tu familia, tu patrimonio, tus ingresos o tus necesidades. Si todo está en orden, excelente.
Y si descubres que algo necesita actualizarse, será mucho mejor hacerlo hoy, cuando no existe ninguna emergencia.
Después de muchos años como asesor de seguros he aprendido algo muy sencillo:
La tranquilidad no aparece por casualidad. También se planea, se protege y se construye.
Y el mejor momento para hacerlo casi siempre es antes de necesitarla.
Un abrazo
