¿Sabes cuáles son tus prioridades?
Hace tiempo, platicando con una persona, le comenté algo que seguramente a muchos nos ha sucedido.
Le decía que tenía algunos amigos a quienes apreciaba y con quienes procuraba mantenerme en contacto. Sin embargo, casi siempre era yo quien llamaba. Y pensaba: “También ellos podrían llamarme de vez en cuando, ¿no?”
Su respuesta fue muy breve:
“Es que no eres su prioridad”.
Confieso que la frase me hizo pensar. Al principio puede sonar un poco dura, pero después comprendí que encerraba una realidad interesante: todos tenemos prioridades, aunque pocas veces nos detengamos a pensar conscientemente en ellas.
Normalmente relacionamos la palabra “prioridad” con organizar el trabajo, atender asuntos urgentes o decidir qué hacemos primero. Pero, en realidad, las prioridades están presentes prácticamente en todas nuestras decisiones. Porque la prioridad aparece, sobre todo, cuando tenemos que elegir.
Si solo tenemos una opción, no hay mucho que decidir. Pero cuando dos cosas compiten por nuestro tiempo, dinero, atención o energía, necesariamente una termina ocupando un lugar antes que la otra. Y ahí es donde nuestras prioridades comienzan a hacerse visibles.
Decimos que nuestra salud es importante, pero posponemos aquella revisión médica. Decimos que queremos ahorrar, pero gastamos primero y vemos después si quedó algo de dinero. Decimos que la familia es lo más importante, pero podemos pasar días sin llamar a nuestros padres, hermanos o hijos. Decimos que apreciamos mucho a ciertos amigos… pero nunca encontramos el momento para buscarlos.
Curiosamente, la ciencia también se ha interesado en este tema. En 2016, investigadores encabezados por Ashley Whillans, junto con Aaron Weidman y Elizabeth Dunn, publicaron un estudio realizado con casi 4,700 personas. Encontraron que quienes tendían a valorar más el tiempo que el dinero reportaban, en promedio, un mayor nivel de bienestar. Investigaciones posteriores de Whillans y Dunn encontraron además una relación entre valorar el tiempo y dedicar mayor atención a las relaciones sociales.
Esto no significa, por supuesto, que el dinero no sea importante ni que exista una fórmula universal para ser feliz. Pero sí nos deja una reflexión interesante: ¡A qué estamos destinando aquello que nunca podremos recuperar: nuestro tiempo!
Y entonces regreso a aquella frase: “Es que no eres su prioridad.”
Con los años he comprendido que quizá no debería interpretarse como un reproche. Todos vivimos circunstancias distintas. Tenemos familia, trabajo, responsabilidades, preocupaciones y etapas de vida diferentes.
No podemos ser prioridad para todos, ni podemos convertir a todas las personas y todos nuestros deseos en nuestra máxima prioridad. El verdadero cuestionamiento es hacia nosotros mismos:
¿Lo que digo que es importante para mí coincide con lo que realmente estoy haciendo?
Porque nuestras prioridades no siempre se encuentran en nuestras palabras. Muchas veces están escondidas en nuestra agenda, en nuestros gastos, en nuestras llamadas, en aquello que posponemos y, sobre todo, en las decisiones que tomamos cuando tenemos que escoger.
Hagamos un pequeño ejercicio.
Pensemos en las cinco cosas que hoy consideramos más importantes en nuestra vida: nuestra pareja, familia, salud, amigos, tranquilidad, patrimonio, algún proyecto personal… Cada uno tendrá las suyas. Ahora revisemos mentalmente la última semana. ¿Cuánto tiempo, atención y recursos dedicamos realmente a cada una? El resultado puede ser revelador.
Y no se trata de sentir culpa por aquello que hemos dejado para después. Simplemente se trata de tomar conciencia. Porque las prioridades también cambian. Lo que era fundamental a los 30 años quizá no lo sea a los 50, 60 o 70. Tal vez madurar también consiste en descubrir que algunas cosas que durante años consideramos urgentes no eran tan importantes… y que otras, aparentemente pequeñas, sí lo eran. Una conversación. Una llamada. Cuidar nuestra salud. Compartir una comida. Prepararnos para el futuro. O simplemente estar presentes con alguien que queremos.
Quizá hoy valga la pena preguntarnos:
¿Aquello que ocupa mis días coincide realmente con aquello que quiero que ocupe mi vida?
Hasta el próximo
